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El retorno triunfal de «Ferru»

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No es especialmente alto. Sus 175 centímetros de pies a cabeza andaban lejos de la talla de Roger Federer, Rafael Nadal, Novak Djokovic, Andy Murray o Juan Martín del Potro, rivales de generación con los que se partió la cara mil veces. Y eso, en el tenis moderno, donde el servicio puede asegurar un buen puñado de puntos gratuitos, es un hándicap mayor. Pero nunca se amedrentó por ello. Siempre entrenó duro. Entrega total, capacidad de mejora y una tremenda regularidad. Perteneció a la mejor generación que ha dado el tenis español. La que se llevó la Copa Davis en 2008, 2009 y 2011, y fue finalista en 2012. La de Rafael Nadal, Juan Carlos Ferrero, Tommy Robredo, Fernando Verdasco, Nicolás Almagro, Feliciano López… y él, David Ferrer.

David Ferrer

Ferrer, Ferru, (Jávea, Alicante, 2 de abril de 1982), no tenía la contundencia de golpes de Almagro, la clase de Verdasco o la genialidad de Feliciano, pero atesoró, además de las 3 ensaladeras, 27 títulos ATP, llegó a la final del Tennis Masters Cup de 2007 y a la de Roland Garros 2013, fue número 3 del mundo y permaneció siete temporadas en el Top 10. El mejor palmarés de todos, después del de Ferrero. Y del de Nadal, claro.

 

Siempre entrenó duro. Entrega total, capacidad de mejora y una tremenda regularidad.

 

Y es que la sombra de Nadal sobre el polvo de arcilla asusta a cualquiera. A Ferrer y al resto de tenistas de la historia, llámense Vilas, Borg, Wilander o Kuerten. De la historia de antes, de la presente y de la que vendrá. El de Manacor no compite contra nadie que no sea él mismo. A medio gas, es superior al resto de los mortales. Y camino de los 35 años, cuando el declive se cierne irremediablemente sobre las carreras de la mayoría de los tenistas, él sigue sin dejar las migajas a nadie, acaparando una victoria detrás de otra. Y no parece que la racha vaya a terminar pronto (su reciente victoria ante Stefanos Tsitsipas en el Trofeo Conde de Godó lo confirma). Su amigo Almagro, jovial, lo tiene claro: “Con 65 años, seguirá ganando Roland Garros”.

Ferrer tuvo la mala suerte de coincidir en el tiempo con el manacorí. Y es que en el mismo 2002 en el que conquistaba su primer título ATP en Bucarest, con apenas 20 años, un quinceañero Nadal debutaba como invitado en el Internacional Series de Mallorca, convirtiéndose en el jugador más joven en ganar un partido oficial de la ATP. A partir de ahí, sus carreras fueron creciendo en paralelo y las comparaciones nunca pudieron ser más crueles.

Son muchas las veces que Nadal privó a Ferrer de alcanzar mayores cuotas. En 2013, en la cima de su carrera, Ferrer llegaba a la final de París con toda la ilusión del mundo. Llevaba dos semanas compitiendo al más alto nivel y la presencia de Nadal en la final le infundía respeto, pero no miedo. Pero Nadal era mucho Nadal y el de Jávea apenas pudo arañarle 8 juegos en los tres sets. Y en el Godó, uno de los torneos más prestigiosos de la ATP World Tour 500, las cosas tampoco nunca le fueron especialmente bien. Llegó a la final en cuatro ocasiones (2008, 2009, 2011 y 2012) y en todas ellas cayó ante la férrea tiranía del hoy vencedor de 20 torneos de Gran Slam. Pero, a pesar de no ser un jugador formado en el club, en las pistas del Real Club de Tenis Barcelona se sintió respetado y arropado. El «¡Vamos, Ferru!» siempre estuvo ahí, ganara o perdiera, ante cualquier rival, Nadal incluido.

En 2018 lo dejó. Siempre honesto consigo mismo y con los demás, consideró que a sus 36 años ya no tenía nada más que ofrecer al mundo de tenis como jugador. Ahora ha vuelto a Barcelona como director del Trofeo Conde de Godó, ahí donde dejó recuerdos imborrables, donde se le quiere y se le admira. Y lo ha hecho triunfando, esta vez sí.